Los mejores cuentos de Jack London

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Lawrence Pentfield y Corry Hutchinson eran millonarios, aunque no lo pareciesen. No había nada de extraordinario en ellos y hubieran podido pasar por unos perfectos madereros de cualquier campamento de Michigan. Pero fuera, en la oscuridad, donde se abrían unos agujeros en el suelo, había muchos hombres ocupados en extraer del fondo de unos hoyos lodo, arena y oro que otros hombres separaban de las impurezas, trabajo por el cual percibían quince dólares diarios. Cada día se recogía oro por valor de miles de dólares y se subía a la superficie, y todo esto pertenecía a Pentfield y Hutchinson, quienes podían codearse con los más ricos de Bonanza.

Pentfield rompió el silencio que siguió a la salida de Billebedam amontonando más los platos sucios de encima de la mesa y haciendo sonar una tonada con los nudillos en el espacio desocupado. Hutchinson, meditabundo, avivó la vela que humeaba y restregó entre el pulgar y el índice el carboncillo de la mecha.

—¡Por Júpiter, yo quisiera que pudiéramos ir los dos! —exclamó de pronto—. Así, todo se arreglaría.

Pentfield le miró sombrío.

—Si no fuese por tu maldita tozudez, ya estaría resuelto de todas maneras. Lo que debes hacer es marcharte. Yo me quedaré al cuidado de las cosas hasta el año que viene, en que podré irme a mi vez.


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