Los mejores cuentos de Jack London

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Así pues, se fue a echar una ojeada a las obras de la cabaña, cantando: «Y ¡oh hermosa! Yo quisiera poder, en algún sitio, contigo mi corazón albergar». Pentfield tenía un calendario clavado en la pared, sobre la mesa de su albergue. Lo primero que hacía cada mañana era arrancar la hoja del día anterior y contar los que faltaban para que llegase la primavera y con ella Mabel corriendo velozmente por el Yukon helado. Otro capricho suyo era no permitir que nadie durmiese en la nueva cabaña de la colina. Al venir Mabel a ocuparla quería que estuviese tan intacta como la madera de que estaba construida; y cuando se terminó cerró la puerta con un candado. Nadie sino él entraba allí, dentro solía pasarse largas horas, después salía con el rostro radiante y brillándole los ojos de alegría y entusiasmo.

En diciembre recibió una carta de Corry Hutchinson. Acababa de ver a Mabel Holmes y afirmaba que reunía todas las cualidades para ser la digna esposa de Pentfield. Sucediéronse las cartas con breves intervalos, y a veces, cuando el correo se retrasaba, llegaban dos o tres juntas. Todas ellas en el mismo tono. Corry acababa de llegar de la Myrdon Avenue; Corry se iba a la Myrdon Avenue; o Corry se hallaba en la Myrdon Avenue; o Corry se hallaba en la Myrdon Avenue. Y prolongaba su estancia en San Francisco, sin mencionar siquiera el viaje a Detroit.


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