Martin Eden
Martin Eden —Prefiero tener buena salud e imaginación —repuso Martin—. Puedo apañármelas sin la renta, pero necesito todo lo demás.
—No diga «apañárselas» —protestó ella, dulcemente—. Eso es jerga, y suena horrible.
Él se ruborizó.
—Tiene razón; ojalá pudiera usted corregirme siempre —balbuceó.
—Me… me encantarÃa hacerlo —respondió Ruth con voz entrecortada—. Tiene usted tantas cualidades que quiero que sea perfecto.
Martin fue al instante arcilla en sus manos, y su deseo de ser moldeado por la joven fue tan ardiente como el deseo de ella de convertirlo en su hombre ideal. Y cuando ella señaló que los exámenes de ingreso empezaban el lunes siguiente en el instituto, él estuvo de acuerdo en presentarse.
Después tocó el piano y cantó para él, mientras Martin clavaba en ella su mirada ardiente, absorbiendo su belleza y maravillándose de que no hubiera otros cien pretendientes escuchándola y suspirando por ella.