Martin Eden

Martin Eden

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—Imposible —contestó riendo la señora Morse—. Ruth es tres años mayor, y, además, es imposible. No pasará nada de eso. Confía en mí.

Y de ese modo decidieron el papel que desempeñaría Martin, mientras éste, animado por Arthur y Norman, planeaba una pequeña locura. El domingo por la mañana pensaban hacer una excursión en bicicleta por las colinas, algo que no despertó el interés de Martin hasta que se enteró de que Ruth iba a acompañarles. No sabía montar, ni tenía bicicleta, pero decidió que, si Ruth montaba, él también aprendería; y, después de despedirse de los Morse, se detuvo en una tienda de bicicletas y compró una por cuarenta dólares. Era más de lo que había ganado en un mes de duro trabajo, y mermaba considerablemente sus ahorros; pero, cuando sumó los cien dólares que pensaba recibir del Examiner y los cuatrocientos veinte dólares que le pagarían, como mínimo, en The Youth’s Companion, se sintió menos angustiado por aquel insólito gasto. Tampoco le importó estropear su traje mientras aprendía a pedalear camino de casa. Aquella misma noche, llamó al sastre por teléfono desde el almacén del señor Higginbotham y le encargó otro. Luego subió la bicicleta por la estrecha escalera que colgaba, como una salida de incendios, de la fachada posterior del edificio, y, cuando separó su cama de la pared, descubrió que había suficiente espacio para él y para su bicicleta en la pequeña habitación.


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