Martin Eden
Martin Eden Había pensado dedicar el domingo a estudiar para su examen de ingreso, pero se enfrascó en el artículo de los pescadores de perlas, y pasó el día recreando febrilmente la belleza y la poesía que ardían en su interior. El hecho de que el Examiner de esa mañana no hubiera publicado el artículo de los buscadores de tesoros no le desalentó. Volaba demasiado alto para inquietarse por eso y, después de desatender dos llamadas a la mesa, salió de casa sin probar la copiosa cena dominical que el señor Higginbotham gustaba de ofrecer siempre a los suyos. Para el señor Higginbotham, aquella comida era una muestra de su éxito y prosperidad, y solía enaltecerla con pequeños sermones llenos de tópicos sobre las instituciones americanas y las oportunidades que éstas ofrecían a cualquier hombre trabajador de medrar en la vida… lo que en su caso significaba, añadía siempre, pasar de dependiente de una tienda de comestibles a propietario del Almacén al Contado Higginbotham.
El lunes por la mañana, Martin Eden contempló con un suspiro su artículo inacabado y bajó en tranvía a Oakland para examinarse. Unos días después, cuando recogió los resultados, se enteró de que había suspendido todas las materias menos la gramática.