Martin Eden

Martin Eden

🎯 ¿Cansado de los anuncios?
Elimínalos ahora 🚀

«Pero yo viajaría igual de rápido con usted», deseó decir él, al tiempo que vislumbraba un mundo interminable de espacios iluminados por el sol y de vacíos sembrados de estrellas, por el que vagaba con ella, rodeándola con su brazo, mientras los cabellos dorados de Ruth acariciaban su rostro. De manera simultánea, se daba cuenta de lo ridículo que sería contarle aquello. ¡Dios! ¡Si pudiera expresar con palabras lo que veía para que ella también pudiera contemplarlo! Y sintió cómo le atenazaba el deseo de pintar esas visiones que se reflejaban sólo en el espejo de su imaginación. ¡Ah, se trataba de eso! Se aferró a aquella revelación. Eso era lo que hacían los grandes escritores y los mejores poetas. Por ese motivo eran gigantes. Sabían cómo expresar lo que sentían, pensaban y veían. Los perros que dormitaban al sol aullaban y ladraban, pero eran incapaces de explicar por qué lo hacían. Él se lo había preguntado a menudo. Y eso era él, un perro dormitando al sol. Tenía visiones nobles y hermosas y, sin embargo, sólo podía aullar y ladrar a Ruth. Pero dejaría de dormitar al sol. Se pondría en pie con los ojos bien abiertos, y lucharía, trabajaría de firme y estudiaría hasta que, sin una venda en los ojos ni nada que sellara sus labios, pudiera compartir con ella la riqueza de sus visiones. Otros hombres habían descubierto el secreto de la expresión, de convertir las palabras en humildes servidores, y de conseguir que sus combinaciones tuvieran más sentido que la suma de sus significados individuales. Sintió cómo le palpitaba el corazón ante aquella imagen fugaz, y volvió a verse atrapado en un mundo de espacios iluminados por el sol y de vacíos sembrados de estrellas… hasta que se dio cuenta de que reinaba un profundo silencio, y vio que Ruth le observaba con ojos sonrientes y expresión divertida.


👉 Descargar el audiolibro GRATIS en Amazon
Reportar problema / Sugerencias

eXTReMe Tracker