Martin Eden
Martin Eden —He tenido una visión deslumbrante —dijo Martin, y sintió cómo le daba un vuelco el corazón al escuchar sus propias palabras.
¿De dónde habían salido? Habían explicado de manera muy certera el momento de ensoñación que había interrumpido su diálogo. Era un milagro. Jamás había sabido expresar tan bien un pensamiento elevado. Aunque lo cierto es que jamás lo había intentado. Eso era todo. Eso lo aclaraba. Nunca se había atrevido a hacerlo. Pero Swinburne sí, y Tennyson, y Kipling, y todos los demás poetas. Recordó de pronto sus «Pescadores de perlas». Hasta entonces le había faltado valor para mostrar las cosas esenciales, el ánimo de belleza que ardía en su interior. Ese artículo sería muy diferente. Se sentía abrumado por la inmensidad de la belleza que debía imprimir en él; su imaginación se encendió de nuevo, y se preguntó por qué no cantar aquella belleza en nobles versos, como hacían los grandes poetas. Y entonces recordó el misterioso placer y el milagro espiritual de su amor por Ruth. ¿Por qué no cantarlo también, al igual que hacían los poetas? Ellos habían celebrado el amor. Él seguiría su ejemplo. ¡Vive Dios que lo haría!