Martin Eden
Martin Eden Y a sus oÃdos asustados llegó el eco de esta exclamación. Empujado por el entusiasmo, habÃa hablado en voz alta. La sangre afluyó a sus mejillas, en oleadas, hasta que un intenso rubor tiñó su piel bronceada desde el cuello hasta la raÃz de los cabellos.
—Lo… lo lamento —balbuceó—. Estaba pensando en voz alta.
—ParecÃa rezar… —dijo ella con valentÃa, aunque estuviera temblando por dentro.
Era la primera vez que escuchaba un juramento en los labios de un hombre que conocÃa, y se sentÃa desconcertada, no sólo por una cuestión de principios o de educación, sino espiritualmente, por aquella irrupción de vida en el jardÃn de su protegida doncellez.
Pero le perdonó, sorprendida de que no le costara nada hacerlo. Por alguna razón, resultaba fácil perdonarle cualquier cosa. No habÃa tenido la posibilidad de ser como los demás hombres, pero lo estaba intentando con todas sus fuerzas, y además con éxito. A Ruth jamás se le ocurrió que pudiera existir otro motivo que le empujara a ser amable con él. Martin inspiraba en ella una gran ternura, pero no lo sabÃa. Era imposible que lo supiera. El sereno equilibrio de veinticuatro años sin aventuras amorosas le impedÃa comprender sus propios sentimientos; y ella, que nunca habÃa sucumbido al amor, ignoraba que estaba cayendo en sus redes.