Martin Eden
Martin Eden Los dÃas eran demasiado cortos. ¡QuerÃa estudiar tantas cosas! Empezó a dormir sólo cinco horas y descubrió que le bastaban. Intentó reducirlo a cuatro y media, pero, desgraciadamente, tuvo que volver a cinco. Le habrÃa gustado dedicar todas sus horas de vigilia a cualquiera de sus actividades. Siempre lamentaba dejar de escribir para estudiar, dejar de estudiar para ir a la biblioteca, alejarse de la sala de derrota del saber o de las revistas llenas de secretos de los escritores que habÃan conseguido vender el producto de su trabajo. Se le rompÃa el corazón cuando tenÃa que ponerse en pie y despedirse de Ruth; e iba corriendo por las calles oscuras para volver a casa y a sus libros lo antes posible. Y lo más duro de todo era cerrar el libro de álgebra o de fÃsica, dejar a un lado lápiz y cuaderno, y bajar sus párpados agotados para conciliar el sueño. Odiaba la idea de dejar de vivir, aunque fuera tan poco tiempo, y lo único que le consolaba era que el despertador sonarÃa al cabo de cinco horas. Al menos sólo perderÃa cinco horas, y luego el tintineo del reloj le sacarÃa de su letargo y tendrÃa ante sà otro glorioso dÃa de diecinueve horas.