Martin Eden
Martin Eden Sucedió lo mismo con sus relatos. Los leía una y otra vez, y le gustaban tanto que era incapaz de comprender por qué no los aceptaban, hasta que un día leyó en un periódico que los manuscritos tenían que ser siempre mecanografiados. Aquello lo explicaba todo. Por supuesto, los directores estaban demasiado ocupados para dedicar tiempo o energías a descifrar su letra. Martin alquiló una máquina de escribir y perdió un día entero aprendiendo a utilizarla. Todos los días pasaba a máquina lo que redactaba, así como sus anteriores manuscritos en cuanto se los devolvían. Le sorprendió que empezaran a reenviarle los mecanografiados. Su mandíbula pareció endurecerse, su mentón se volvió más agresivo, pero él siguió mandándolos a otras publicaciones.
Decidió que no era un buen juez de sus propias obras. Y quiso conocer la opinión de Gertrude. Le leyó las historias en voz alta. Los ojos de su hermana se iluminaron, y ella le miró con orgullo mientras decía:
—Es maravilloso que escribas esas cosas.
—Sí, sí —exclamó él con impaciencia—. Pero la historia… ¿te ha gustado?
—Es maravillosa —fue la respuesta—. Maravillosa, y también emocionante. Me ha tenido con el corazón en un puño.
Martin se dio cuenta de que estaba algo confusa. Su rostro bondadoso reflejaba una gran perplejidad. Así que prefirió esperar.