Martin Eden
Martin Eden —Pero, dime, Mart —prosiguió Gertrude tras una larga pausa—, ¿cómo termina? ¿Se casa con ella ese joven que hablaba de un modo tan pomposo?
Y después de explicarle el final, que, desde el punto de vista artÃstico, él creÃa haber dejado muy claro, su hermana agregó:
—Eso es lo que querÃa averiguar. Pero ¿por qué no lo has escrito asà en la historia?
Y aprendió una cosa después de leerle varios relatos; a saber: que le gustaban los finales felices.
—Es una historia maravillosa —repitió Gertrude, irguiéndose ante la pila de lavar con un suspiro de cansancio y enjugándose el sudor de la frente con una mano húmeda y enrojecida—, pero demasiado triste. Me han entrado ganas de llorar. Y hay demasiadas cosas tristes en el mundo. Me siento mejor pensando en cosas alegres. Bueno, si se hubiera casado con ella y… Espero que no te importe, Mart —dijo con aprensión—. Supongo que me siento asà porque estoy cansada. Pero la historia es maravillosa, absolutamente maravillosa. ¿Dónde piensas venderla?
—Eso es harina de otro costal —contestó él riendo.
—Pero, si la vendieras, ¿qué te pagarÃan por ella?
—Unos cien dólares. Por lo que he oÃdo, eso serÃa lo mÃnimo.