Martin Eden

Martin Eden

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Pero su mayor problema era que no se relacionaba con directores ni escritores. No sólo no conocía a ningún escritor, sino a nadie que hubiese intentado siquiera escribir. Nadie podía ofrecerle ayuda, guiarle, darle consejos. Empezaba a dudar de que los directores fueran de carne y hueso. Parecían los engranajes de una máquina. Eso era su mundo, una máquina. Él ponía el alma en sus historias, artículos y poemas, y luego los confiaba a una máquina. Metía el manuscrito doblado y unos sellos en el interior de un largo sobre, lo cerraba, ponía unos sellos y lo echaba al buzón. Su escrito recorría el continente y, transcurrido algún tiempo, el cartero se lo devolvía en otro largo sobre en el que habían pegado los sellos enviados por él. No había ningún director humano en el otro extremo, sólo un ingenioso engranaje que cambiaba el manuscrito de un sobre a otro y ponía los sellos. Era como esas máquinas tragaperras en las que se introducían unos centavos y salían gomas de mascar o una chocolatina. Según en qué ranura se insertara la moneda, se conseguía la goma de mascar o una chocolatina. Y lo mismo ocurría con la máquina editorial. Una ranura devolvía cheques y la otra notas de rechazo. Hasta entonces sólo había encontrado estas últimas.




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