Martin Eden
Martin Eden Se vio de nuevo como un muchacho, día tras día, corriendo desde la escuela hasta el callejón del Enquirer. No podía andar muy deprisa. Se sentía débil y entumecido por las incesantes peleas. Sus antebrazos estaban llenos de cardenales desde la muñeca hasta el codo por los incontables golpes que habían parado, y aquí y allá la carne lacerada empezaba a ulcerarse. Le dolían la cabeza, los brazos y los hombros, le dolía la espalda… le dolía todo, y su cerebro se sentía muy confuso. No jugaba en la escuela. Tampoco estudiaba. Incluso era un tormento para él pasar el día entero sentado en su pupitre. Tenía la sensación de que llevaba siglos peleándose a diario, y era una pesadilla pensar que seguiría haciéndolo lo que le quedaba de vida. ¿Por qué no podía derrotar a Cara de Queso?, pensaba a menudo; eso acabaría con los sufrimientos de Martin. Jamás se le ocurrió dejar de luchar y permitir que Cara de Queso le venciera.