Martin Eden
Martin Eden Y de ese modo se arrastraba hasta el callejón del Enquirer, con el cuerpo y el alma enfermos, pero haciendo acopio de paciencia para enfrentarse a su eterno enemigo, Cara de Queso, tan débil como él, y que habría acabado con aquello de no haber sido por la cuadrilla de vendedores de periódicos que miraban y convertían el orgullo en algo doloroso y necesario. Una tarde, después de veinte minutos de esfuerzos desesperados por aniquilarse el uno al otro según unas reglas establecidas que no permitían las patadas, los golpes bajos ni pegar al adversario cuando estaba en el suelo, Cara de Queso, jadeando y tambaleándose, le ofreció quedar en tablas. Y Martin, con la cabeza entre los brazos, se estremeció ante el recuerdo de aquella tarde lejana —tambaleándose, jadeando y ahogándose con la sangre que manaba de sus labios y resbalaba por su garganta— cuando se acercó a Cara de Queso, escupiendo sangre para poder hablar y gritando que jamás abandonaría, aunque su contrincante fuera libre de hacerlo si lo deseaba. Y Cara de Queso se negó a rendirse, y la lucha continuó.