Martin Eden
Martin Eden Los días siguientes, interminables, fueron testigos de sus luchas vespertinas. Cuando levantaba los brazos para empezar, el dolor le atenazaba, y los primeros golpes que daba y recibía le partían el alma; luego se le embotaban los sentidos y seguía luchando a ciegas, viendo agitarse como en un sueño las facciones enormes y los ojos ardientes y bestiales de Cara de Queso. Se concentraba en aquella cara y todo giraba a su alrededor. No había nada más en el mundo, sólo esa cara, y jamás conocería el descanso, el bendito descanso, hasta hacerla pedazos con sus nudillos ensangrentados, o hasta que los nudillos ensangrentados que, por alguna razón, pertenecían a aquella cara le hicieran pedazos a él. Y entonces, de un modo u otro, podría descansar. Pero abandonar la lucha… para él, Martin Eden, abandonar la lucha… ¡era imposible!
Un día en que llegó arrastrándose al callejón del Enquirer, no vio por ningún lado a Cara de Queso. Y éste no apareció. Los muchachos le felicitaron y aseguraron que había vencido a su rival. Pero Martin no se quedó satisfecho. Ni había derrotado a Cara de Queso, ni Cara de Queso le había derrotado a él. El dilema seguía en pie. Y más tarde se enteraron de que el padre de su adversario había muerto repentinamente aquel mismo día.