Martin Eden
Martin Eden Pero eran muy escasos los momentos en que Martin podía pensar. La morada del pensamiento estaba cerrada, sus ventanas entabladas, y él era la sombra que se encargaba de vigilarla. Era una sombra. Joe tenía razón. Los dos eran sombras, y se encontraban en el limbo interminable del trabajo. ¿O se trataba de un sueño? Algunas veces, en medio del calor humeante y abrasador, cuando pasaba la pesada plancha por aquellas prendas blancas, tenía la sensación de que era un sueño. Muy poco después, o tal vez al cabo de mil años, se despertaría en su pequeño dormitorio con la mesa manchada de tinta, y seguiría escribiendo donde lo había dejado el día anterior. Aunque quizá eso también fuera un sueño, y se despertaría con el cambio de guardia; entonces saltaría de su litera en el castillo de proa, subiría a cubierta bajo las estrellas del trópico, cogería el timón y sentiría en su rostro el frescor de los alisios.
Llegó el sábado con su falsa victoria de las tres de la tarde.
—Creo que iré a tomar una cerveza —dijo Joe en aquel tono extraño y monótono que señalaba su desmoronamiento del fin de semana.