Martin Eden
Martin Eden La semana se hizo interminable. El hotel estaba lleno, y no dejaban de enviarles «prendas delicadas» extra para almidonar. Los dos hicieron gala de un valor asombroso. Luchaban todas las noches hasta muy tarde, bajo la luz eléctrica, engullían la comida a toda velocidad e incluso empezaban a trabajar media hora antes del desayuno. Martin dejó de tomar sus baños de agua fría. No podían perder un instante, y Joe era un pastor magistral de los segundos: se cuidaba de agruparlos, jamás perdía uno y los contaba como un avaro cuenta su dinero, mientras trabajaba febrilmente como una máquina enloquecida, ayudado con mucha habilidad por esa otra máquina que recordaba haber sido en el pasado un hombre llamado Martin Eden.