Martin Eden

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Se alegró de que el señor Morse no estuviera. Ya era bastante difícil conocerla a ella, a su madre y a su hermano Norman. Arthur era el único al que había tratado antes. Coincidir con el padre habría sido demasiado para él, estaba seguro. Tenía la sensación de que era lo más duro que había hecho en su vida. Cualquier trabajo parecía un juego de niños comparado con aquello. Su frente transpiraba y su camisa estaba empapada de sudor por el esfuerzo de hacer tantas cosas nuevas al mismo tiempo. Tenía que comer como no había comido nunca, manejar unos utensilios que desconocía, mirar disimuladamente a los demás para saber cómo comportarse, y recibir una avalancha de impresiones que debía clasificar en su cerebro. Ser consciente de su pasión por la joven despertaba en él una sorda y dolorosa inquietud; y sentía cómo le aguijoneaba el deseo de pertenecer a su mismo círculo, y cómo su imaginación hacía conjeturas y pergeñaba confusos planes para conseguirlo. Además, cuando miraba disimuladamente a Norman, sentado frente a él, o a cualquier otro comensal, para saber qué cubierto debía usar en ese momento, los rasgos de esa persona se fijaban en su cerebro, que automáticamente trataba de descubrir el parecido que guardaban con la joven. Y también tenía que hablar, y escuchar lo que le decían y lo que se contaban entre ellos, y responder cuando era necesario, con una lengua tan acostumbrada a soltar juramentos que debía refrenarla. Y, para colmo, estaba el criado, una amenaza constante, que aparecía silenciosamente a su lado, una esfinge siniestra que proponía rompecabezas y enigmas que exigían soluciones inmediatas. Durante toda la cena le atormentó el pensamiento de los lavafrutas. Sin venir a cuento, un montón de veces, con insistencia, se preguntó cuándo los traerían y cuál sería su aspecto. Había oído hablar de ellos y, más tarde o más temprano, los vería aparecer, sentado en aquella mesa en compañía de unos seres refinados que los utilizaban… y él tendría que seguir su ejemplo. Y la mayor dificultad de todas, en el fondo —aunque estuviera siempre en la superficie de su pensamiento—, era cómo comportarse con aquellas personas. ¿Cuál debía ser su actitud? Era un problema que no dejaba de obsesionarle. Algo en su interior le decía que fingiera, que se diera importancia; pero otras voces aún más cobardes le advertían de que fracasaría en su empeño, de que una naturaleza como la suya no sabría hacerlo y quedaría en ridículo.


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