Martin Eden
Martin Eden —Pero yo no hablaba de eso —fue la respuesta evasiva de su madre—. ¿Has pensado en él? Es un hombre al que no se podrÃa elegir en ningún sentido, imagina que llegara a enamorarse de ti…
—Pero ya lo ha hecho —señaló ella.
—Era de esperar —dijo la señora Morse con dulzura—. ¿Cómo no va a enamorarse de ti cualquiera que te conozca?
—¡Olney me odia! —exclamó Ruth con vehemencia—. Y yo le odio a él. Siempre me siento como una gata cuando anda cerca. Me entran ganas de ser desagradable con él y, cuando no, él es desagradable conmigo. En cambio, soy feliz con Martin Eden. Nadie me habÃa amado… es decir, ningún hombre, de ese modo. Y es maravilloso sentirse amada… de ese modo. Ya sabes lo que quiero decir, querida madre. Es maravilloso sentir que eres verdaderamente una mujer —escondió el rostro en el regazo de su madre, sollozando—. Piensas que soy horrible, lo sé, pero soy sincera, y te cuento cómo me siento.
La señora Morse se sentÃa extrañamente triste y feliz. Su pequeña, licenciada en FilosofÃa y Letras, habÃa dejado de existir; en su lugar habÃa una mujer. El experimento habÃa sido un éxito. El extraño vacÃo en la naturaleza de Ruth se habÃa llenado, y lo habÃa hecho sin sufrimiento ni peligro. Aquel tosco marinero habÃa sido el instrumento y, aunque Ruth no le amaba, él le habÃa hecho comprender que era una mujer.