Martin Eden
Martin Eden —Le tiemblan las manos —confesó Ruth, sin levantar el rostro a causa de la vergüenza—. Es de lo más ridÃculo y divertido, pero también me da pena. Y, cuando le tiemblan demasiado las manos y le brillan demasiado los ojos, le sermoneo sobre su vida y el mal camino que sigue. Pero él me adora. Lo sé. Sus ojos y sus manos no mienten. Y me basta pensar en eso para sentirme adulta; como si poseyera algo que me corresponde por derecho… y que me asemeja a las demás jóvenes… a las demás mujeres. Sé que antes no era como ellas, y que esto te preocupaba. CreÃas que yo no era consciente de eso, pero sà lo era, y querÃa… «tener éxito», como dice Martin.
Era una hora sagrada para la madre y la hija, y las lágrimas asomaron a sus ojos mientras conversaban a la luz del crepúsculo: Ruth, toda inocencia y franqueza; la señora Morse, comprensiva, receptiva, explicando y aconsejando con calma a su hija.