Martin Eden
Martin Eden —Es cuatro años más joven que tú —comentó—. No tiene un lugar en el mundo. No tiene ni posición ni salario. Carece de sentido práctico. Si te ama, deberÃa tener sentido común y hacer algo que le permitiera casarse contigo, en vez de perder el tiempo con esas historias y con esos sueños infantiles. Me temo que Martin Eden nunca crecerá. No quiere asumir responsabilidades ni un trabajo de hombre como hizo tu padre o cualquiera de nuestros amigos, el señor Butler, sin ir más lejos. Me temo que Martin Eden nunca ganará dinero. Y en este mundo el dinero es necesario para la felicidad… Oh, no, no estoy hablando de esas grandes fortunas, sino del dinero suficiente para vivir con decoro y disfrutar de ciertas comodidades. Él… él ¿te ha dado a entender algo?
—Jamás ha dicho una palabra. Ni siquiera lo ha intentado; pero, si lo hiciera, yo cortarÃa por lo sano, pues no le amo.
—Me alegro de eso. No me gustarÃa que mi hija, mi única hija, tan pura e inocente, se enamorara de un hombre asÃ. Hay hombres nobles en el mundo, puros, sinceros y viriles. Espéralos. Algún dÃa encontrarás uno, y le amarás, y él te amará, y serás feliz con él como lo hemos sido tu padre y yo. Y hay algo que no debes olvidar nunca…
—SÃ, madre.