Martin Eden
Martin Eden La voz de la señora Morse era suave y dulce cuando dijo:
—… los hijos.
—He… he pensado en eso —confesó Ruth, recordando los pensamientos indecorosos que tanto la habÃan turbado en el pasado, y volvió a ruborizarse al tener que mencionarlos.
—Y son los hijos lo que hace que una relación con el señor Eden sea imposible —prosiguió la señora Morse, incisiva—. La herencia de los hijos debe ser impecable, y me temo que él no lo es. Tu padre me ha hablado de la vida de los marineros y… ya me entiendes.
Ruth apretó la mano de su madre en señal de asentimiento, convencida de que la entendÃa, aunque sólo captaba algo vago, remoto y terrible, que no estaba al alcance de su imaginación.