Martin Eden
Martin Eden Ella le miró desconcertada.
—¿Qué le gustarÃa tener ahora mismo, si pudiera?
—Zapatos para todos los niños… siete pares de zapatos.
—Los tendrá —anunció Martin, mientras ella asentÃa gravemente con la cabeza—. Pero yo hablaba de un deseo muy grande, algo muy grande que usted quiera.
Los ojos de Maria brillaron, bondadosos. Estaba bromeando con ella, con Maria, con la que ya casi nadie bromeaba.
—Piénselo bien —le advirtió el joven, justo cuando ella se disponÃa a decir algo.
—De acuerdo —contestó—. Lo pensaré bien. Me gustarÃa que esta casa, esta casa… fuera completamente mÃa, y no tener que pagar siete dólares al mes.
—Pues será suya —exclamó Martin—, y dentro de muy poco. Y ahora su mayor deseo. Imagine que soy Dios y puedo concederle cualquier cosa. DÃgame qué es, soy todo oÃdos.
Maria se quedó muy pensativa.
—¿No tiene miedo? —preguntó para ponerle sobre aviso.
—No, no —se rió Martin—. No tengo miedo. ¡Adelante!
—Es muy grande —advirtió ella.
—Vamos. ¡DÃgalo de una vez!