Martin Eden
Martin Eden Como si fuera lo más natural del mundo, se encontró pasando puños almidonados por una calandria. Y, mientras lo hacía, reparó en los números que habían estampado en ellos. Era una nueva forma de marcar la ropa, pensó, hasta que, acercándose, leyó: 3.85 dólares. Entonces recordó que era su deuda con el tendero, e imaginó todas sus facturas entre los cilindros giratorios de la máquina. Se le ocurrió algo ingenioso. Arrojaría todas las facturas al suelo y así no tendría que pagarlas. Se apresuró a hacerlo, y arrugó los puños con rabia mientras los tiraba al suelo mugriento. El montón no dejaba de crecer, y, aunque cada factura se repetía mil veces, sólo encontró una de dos dólares y medio, que era su deuda con Maria. Eso significaba que ella no le agobiaría con el pago, y Martin decidió generosamente que sería la única deuda que saldaría; de modo que empezó a buscar su factura entre los montones del suelo. La buscó una eternidad, con verdadera desesperación, y seguía haciéndolo cuando llegó el director del hotel, el gordo holandés. Su rostro ardía de indignación y gritaba con una voz estentórea que resonaba en todo el universo.
—¡Deduciré el coste de esos puños de tu salario!