Martin Eden
Martin Eden El montón de puños se convirtió en una montaña, y Martin supo que estaba condenado a trabajar cien años para pagarlos. Bueno, lo único que podía hacer era matar al director e incendiar la lavandería. Pero el fornido holandés se lo impidió agarrándole por el cogote y zarandeándole. Le zarandeó por encima de las tablas de planchar, el horno y las calandrias, y le empujó contra la lavadora y la máquina de escurrir la ropa. Le zarandeó hasta que le castañetearon los dientes y le dolió la cabeza; y Martin se asombró de que el holandés tuviera tanta fuerza.
Y entonces se vio ante la calandria, sacando los puños que el director de una revista introducía desde el otro lado. Cada puño era un cheque, y Martin los repasaba ansiosamente, con expectación febril, pero todos estaban en blanco. Se quedó allí recibiendo cheques más de un millón de años, sin dejar de examinar ninguno por si encontraba uno válido. Finalmente, lo encontró. Con dedos temblorosos lo acercó a la luz. Eran cinco dólares.
—¡Ja, ja, ja! —se reía el director desde el otro lado.
—¡Voy a matarlo! —exclamó Martin.