Martin Eden
Martin Eden Se dirigió a la lavandería para coger un hacha y encontró a Joe almidonando manuscritos. Intentó detenerle, y después le amenazó con el hacha. Pero el arma se quedó suspendida en el aire, pues Martin volvía a estar en el cuarto de plancha en medio de una tormenta de nieve. No, no era nieve lo que caía, sino cheques con grandes cantidades de dinero; ninguno de ellos bajaba de los mil dólares. Empezó a recogerlos y ordenarlos, en paquetes de cien, atándolos fuertemente con un cordel.
Levantó la mirada y vio a Joe haciendo juegos malabares con las planchas, las camisas almidonadas y los manuscritos. De vez en cuando extendía la mano y añadía un puñado de cheques a aquel fantástico remolino que se elevaba por encima del tejado y desaparecía. Martin trató de golpearle, pero él le quitó el hacha y la lanzó al aire con los demás objetos. Después agarró a Martin y lo introdujo en el remolino. Martin atravesó el tejado intentando aferrarse a los manuscritos, así que, cuando bajó, tenía las manos llenas. Pero, tan pronto como estuvo abajo, volvió a subir, y voló dos, tres, innumerables veces alrededor de aquel mismo círculo. En la lejanía, una voz infantil cantaba: «Baila conmigo el vals, Willie, gira, gira, gira».