Martin Eden

Martin Eden

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Martin no sabía lo que era estar enfermo y, cuando Maria y su pequeña se marcharon, intentó ponerse en pie y vestirse. A fuerza de voluntad, con la cabeza dándole vueltas y los ojos tan doloridos que era incapaz de tenerlos abiertos, consiguió salir de la cama para desplomarse sobre la mesa. Media hora más tarde logró volver a la cama, donde se resignó a quedarse con los ojos cerrados mientras analizaba todos sus dolores y debilidades. Maria entró varias veces para cambiarle los paños fríos de la frente. El resto del tiempo lo dejaba tranquilo, pues era demasiado sensata para molestarle con su charla. Martin se lo agradeció y murmuró para sus adentros: «Maria, tendrá su granja lechera, ya verá…».

Entonces recordó el pasado, hacía tanto tiempo enterrado, del día anterior. Parecía haber transcurrido una eternidad desde que recibió aquella carta de la Transcontinental… desde que todo terminó y pasó una página de su vida. Había quemado su último cartucho, y estaba en la cama sin poder moverse. Si no hubiera pasado tanta hambre, no habría cogido la gripe. Estaba agotado, y no había tenido fuerzas para protegerse de los gérmenes de la enfermedad que había invadido su organismo. Ése era el resultado.



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