Martin Eden

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—¿De qué le sirve a un hombre escribir una biblioteca entera y perder la vida? —preguntó en voz alta—. Eso no es para mí. Se acabó la literatura. Lo mío es la contabilidad, un salario mensual, una casita con Ruth.

Dos días más tarde, después de haber comido un huevo y dos tostadas y de haber bebido una taza de té, preguntó por su correo, pero se dio cuenta de que le dolían demasiado los ojos para poder leer.

—¿Me lee las cartas, Maria? —dijo—. No se preocupe de los sobres grandes. Tírelos debajo de la mesa. Léame las cartas pequeñas.

—No sé leer —fue su respuesta—. Teresa va a la escuela, lo hará ella.

Así que Teresa Silva, de nueve años, abrió sus cartas y se las leyó. Él escuchó distraído cómo reclamaban el pago de su deuda quienes le habían alquilado la máquina de escribir, mientras daba vueltas al mejor modo de encontrar un empleo. Una fuerte impresión le devolvió a la realidad.

—«Le ofrecemos cuarenta dólares por los derechos de publicación de su historia —leyó Teresa muy despacio—, siempre que nos permita hacer las modificaciones que consideremos necesarias».

—¿Qué revista es ésa? —gritó Martin—. Vamos, ¡dame la carta!


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