Martin Eden
Martin Eden Bueno, había algo muy claro: cuando estuviera bien, no saldría en busca de un trabajo. Tenía la cabeza llena de historias tan buenas como «El remolino» y, si le pagaban cuarenta dólares por cada una, ganaría mucho más que en cualquier otro empleo. Justo cuando creía haber perdido la batalla, se había alzado con la victoria. Había conseguido dedicarse a lo que quería. El camino estaba despejado. Empezaría con The White Mouse y añadiría revista tras revista a su lista de clientes. Dejaría a un lado chistes y poemas satíricos. Sólo habían sido una pérdida de tiempo, pues no había ganado ni un dólar con ellos. Se dedicaría a escribir, a escribir cosas importantes, y pondría en ellas lo mejor de sí mismo. Le habría gustado que Ruth estuviera allí para compartir su alegría y, cuando miró las cartas que tenía encima de la cama, encontró una suya. Era de dulce reproche, y se preguntaba por qué llevaba tanto tiempo alejado de ella. Martin releyó la carta con embeleso, deleitándose en su escritura, adorando cada trazo de su pluma, y besando al final su firma.
Y, cuando escribió la respuesta, le contó sin ambages que no había ido a verla porque su mejor traje estaba en la casa de empeños. Le explicó que había estado enfermo, pero que ya estaba casi recuperado y que en diez días o dos semanas (lo que tardase una carta en ir a Nueva York y volver) recuperaría el traje e iría a su casa.