Martin Eden
Martin Eden Pero Ruth no estaba dispuesta a esperar diez días o dos semanas. Además, Martin se encontraba enfermo. Al día siguiente por la tarde, llegó en compañía de Arthur en el carruaje de los Morse, para inmenso regocijo de los pequeños Silva y de todos los chiquillos del barrio, y para consternación de Maria. Ésta dio un cachete a todos los Silva que se apiñaban alrededor de los visitantes en el diminuto porche delantero y, con expresiones aún más vulgares de lo habitual, intentó disculparse por su aspecto. Las mangas recogidas hacia arriba, los brazos salpicados de jabón y un saco de arpillera alrededor de la cintura delataban la tarea en la que había sido sorprendida. Se puso tan nerviosa por la presencia de aquellos dos jóvenes elegantes que preguntaban por su inquilino que se olvidó de ofrecerles asiento en la salita. Para llegar al cuarto de Martin atravesaron la cocina llena del calor, la humedad y los vapores de la colada. Maria, en su agitación, abrió al mismo tiempo la puerta del dormitorio y la del pequeño armario y, durante cinco minutos, a través de la puerta medio abierta, entraron nubes de vapor y olores de espuma y suciedad en la habitación del enfermo.