Martin Eden
Martin Eden Y, mientras Martin se lo contaba, estaba muy ocupado examinando a Brissenden: desde su cara delgada y aristocrática y sus hombros caídos, hasta el abrigo que reposaba en una silla vecina, con los bolsillos deformados por el peso de muchos libros. El rostro de Brissenden y sus manos largas y finas estaban tostados por el sol… demasiado tostados, se dijo Martin en su fuero interno. Aquel bronceado le intrigaba. Resultaba evidente que Brissenden no era el tipo de hombre al que gustaba estar al aire libre. Entonces ¿por qué tenía la piel tan curtida? Había algo malsano y significativo en ello, pensó Martin mientras volvía a estudiar el semblante estrecho, de pómulos altos y mejillas hundidas, adornado con la nariz más afilada y aquilina que había visto en su vida. No había nada extraordinario en el tamaño de sus ojos. No eran grandes ni pequeños, y su color era un castaño indefinido; pero en ellos ardía un fuego o, más bien, anidaba una expresión dual y extrañamente contradictoria. Desafiantes, indómitos, incluso duros en exceso, despertaban al mismo tiempo compasión. Martin se encontró compadeciéndole sin saber por qué, aunque no tardaría en descubrirlo.
—Oh, tengo los pulmones enfermos —anunció Brissenden poco después con aire despreocupado, después de explicarle que venía de Arizona—. He estado allí un par de años por el clima.
—¿No le da miedo quedarse aquí?