Martin Eden
Martin Eden —¿Miedo?
No puso ningún énfasis al repetir esa palabra. Pero Martin leyó en su rostro de asceta que no tenÃa miedo de nada. Los ojos se habÃan afilado hasta parecer los de un águila, y Martin se quedó sin aliento al reparar en su pico de rapaz con los orificios nasales dilatados, desafiante, enérgico, agresivo.
«Es magnÃfico», pensó con la sangre alborotada ante aquella visión.
Y recitó en voz alta:
Bajo los golpes del destino
mi cabeza sangra, pero no se inclina[23]
—Veo que le gusta Henley —dijo Brissenden, adoptando súbitamente una expresión tierna y afable—. Por supuesto, no podÃa esperar otra cosa de usted. ¡Ah, Henley! Un alma valerosa. Destaca entre todos los rimadores contemporáneos… rimadores de revistas… como destaca un gladiador en una banda de eunucos.
—No le gustan las revistas —le reprochó débilmente Martin.
—¿Y a usted? —exclamó Brissenden, con tanta violencia que el otro se sobresaltó.
—Yo… yo escribo o, más bien, intento escribir para ellas —balbució Martin.