Martin Eden
Martin Eden —Eso está mejor —respondió más tranquilo—. Intenta escribir, pero no tiene éxito. Respeto y admiro su fracaso. Sé lo que escribe. Puedo verlo con los ojos cerrados, y hay un ingrediente que le cierra la puerta de las revistas. Usted tiene agallas, y las publicaciones no saben qué hacer con eso. Lo que quieren es algo insÃpido y sentimental, y bien sabe Dios que lo consiguen, pero no de usted.
—No me considero por encima del periodismo —señaló Martin.
—Por el contrario —Brissenden se detuvo y recorrió descaradamente con la mirada la pobreza manifiesta de Martin, desde la corbata raÃda y el cuello gastado hasta las viejas mangas de la chaqueta con los puños deshilachados, llegando finalmente a su rostro demacrado—. Por el contrario, el periodismo está por encima de usted, tan por encima de usted que jamás podrá aspirar a alcanzarlo. Vamos, muchacho, podrÃa insultarle invitándole a comer algo.
Martin sintió cómo la sangre le subÃa involuntariamente a las mejillas, y Brissenden se rió victorioso.
—Un hombre inteligente no se siente insultado por una invitación asà —afirmó.
—Es usted un demonio —dijo Martin malhumorado.
—De todas formas, no le he invitado.
—No se ha atrevido.