Martin Eden
Martin Eden —Oh, no estoy tan seguro. Le invito ahora.
Brissenden hizo ademán de levantarse de la silla, como si tuviera la intención de dirigirse inmediatamente al restaurante.
Martin apretaba fuertemente los puños, y la sangre palpitaba en sus sienes.
—¡Bosco! ¡Se las come vivas! ¡Se las come vivas! —exclamó Brissenden, imitando al hombre que anunciaba a un famoso devorador de serpientes de la zona.
—A usted me lo comerÃa vivo, de eso no hay duda —dijo Martin, devolviendo la mirada insolente a aquel cuerpo minado por la enfermedad.
—Pero no cree que valga la pena, ¿verdad?
—Por el contrario, es el incidente lo que no vale la pena —y Martin soltó una carcajada—. Confieso que me ha dejado en ridÃculo, Brissenden. Que usted se haya dado cuenta de que estoy hambriento es algo normal, no es ninguna deshonra. Como ve, me rÃo de los pequeños convencionalismos del rebaño; pero, en cuanto usted pronuncia una palabra mordaz e innegable, yo me convierto en un esclavo de lo que tanto critico.
—Se ha sentido insultado —señaló Brissenden.
—Es cierto, hace un momento. Son los prejuicios de mi primera juventud. Entonces me enseñaron esa clase de cosas… que echan a perder lo que he aprendido después. Son los secretos inconfesables que intento guardar bajo llave.