Martin Eden
Martin Eden Pero Brissenden era siempre un enigma. Con el rostro de un asceta, era, a pesar de su enfermedad, un amante de lo voluptuoso. No tenía miedo de morir, y era cínico y amargo; y, aunque sus horas estaban contadas, amaba hasta el último átomo de la vida. Le dominaba la locura de vivir, de gozar, de «estrujar la partícula de polvo cósmico de donde venía», como dijo en una ocasión. Había probado las drogas y hecho muchas cosas extrañas en su búsqueda de nuevas emociones, de nuevas sensaciones. Le contó a Martin que una vez había estado tres días sin beber, voluntariamente, a fin de experimentar el placer exquisito de calmar su sed. Martin nunca supo quién era o qué hacía. Era un hombre sin pasado, cuyo futuro inmediato era la tumba y cuyo presente era un anhelo amargo y febril de vida.