Martin Eden
Martin Eden El recuerdo de los tres barbudos, tal como los habÃa visto la última vez, despojados de sus cuatro dólares noventa centavos y de un billete del transbordador, le hizo reÃr entre dientes.
—¡Entonces vendrás! —exclamó Ruth con alborozo—. He pasado por aquà para saberlo.
—¿Ir? —murmuró él distraÃdo—. ¿Dónde?
—A cenar a casa mañana. Dijiste que desempeñarÃas tu traje si cobrabas lo que te debÃan.
—Lo habÃa olvidado —reconoció Martin humildemente—. Verás, esta mañana un empleado municipal se ha llevado las dos vacas y el ternero de Maria y… bueno, como ella no tenÃa dinero, le he ayudado a recuperarlos. Ése ha sido el destino de los cinco dólares de la Transcontinental… «El tañido de las campanas» ha acabado en los bolsillos de un empleado municipal.
—Entonces ¿no vendrás?
Él se miró el traje.
—No puedo.
Unas lágrimas de decepción y reproche brillaron en sus ojos azules, pero no dijo nada.
—El próximo DÃa de Acción de Gracias cenarás conmigo en Delmonico[27] —exclamó alegremente Martin—, o en Londres, o en ParÃs, o donde quieras. Estoy seguro.