Martin Eden
Martin Eden Al entrar en una pastelería buscando un gigantesco bastón de caramelo con aquella extraordinaria comitiva pisando sus talones y los de Maria, se encontró con Ruth y su madre. La señora Morse se quedó consternada. Y Ruth también se llevó un disgusto, pues prefería guardar las apariencias, y la visión de su prometido, codo a codo con Maria, encabezando aquel ejército de golfillos portugueses no resultaba muy agradable. Pero no fue eso lo que más le molestó, sino lo que consideró su falta de orgullo y de amor propio. Y ante todo vio en el incidente la imposibilidad de que Martin renunciara a su origen de clase obrera. Esto era ya bastante deshonroso de por sí, pero jactarse de ello ante los ojos del mundo —de su mundo— era ir demasiado lejos. Aunque su compromiso con Martin se había guardado en secreto, su prolongada intimidad había dado que hablar; y en el interior de aquella tienda, observando disimuladamente a Martin y a sus seguidores, había varios conocidos suyos. Ruth carecía de la amplitud de criterio de Martin y era incapaz de elevarse por encima de su propio ambiente. Aquello la había herido en lo más vivo, y su naturaleza sensible se estremecía avergonzada. Por ese motivo, cuando Martin llegó a su casa aquella tarde, prefirió no sacar el regalo del bolsillo y reservarlo para una ocasión más propicia. Ver a Ruth deshecha en lágrimas —lágrimas vehementes y airadas— era una novedad para él. El espectáculo de su sufrimiento le convenció de que había sido un bruto, aunque en el fondo no acabara de comprender cómo ni por qué. Nunca se le había pasado por la imaginación avergonzarse de sus conocidos, y no creía que salir con los Silva para comprarles un regalo de Navidad fuera una falta de consideración a Ruth. Por otra parte, entendió su punto de vista en cuanto ella se lo explicó; y lo consideró una prueba de esa debilidad femenina que aqueja a todas las mujeres, incluso a las más perfectas.