Martin Eden
Martin Eden —Será mejor que, de momento, no te acerques a Bernard —le advirtió ella—. Dentro de unos meses, cuando se haya calmado, podrás trabajar, si quieres, conduciendo el carro del reparto. Si me necesitas, manda a buscarme; vendré en seguida. No lo olvides.
Se marchó llorando de forma audible, y Martin sintió una punzada de dolor al contemplar su grueso cuerpo y su andar desgarbado. Mientras la veÃa alejarse, el edificio nietzscheano pareció temblar y estar a punto de desmoronarse. La idea de los esclavos como clase estaba bien, pero no le gustaba tanto cuando tenÃa que aplicarla a su propia familia. Y, sin embargo, si alguna vez habÃa existido un esclavo pisoteado por los fuertes, ese esclavo era su hermana Gertrude. Sonrió burlonamente ante aquella paradoja. ¡Menudo seguidor de Nietzsche! Permitir que sus conceptos intelectuales se tambalearan con el primer pensamiento o emoción que les asaltara… sÃ, que se tambalearan empujados por la propia moral esclava, pues eso era en realidad la compasión que le inspiraba su hermana. Los hombres grandes y nobles estaban por encima de la piedad y la compasión. La piedad y la compasión habÃan sido creadas en los barracones subterráneos de los oprimidos y no eran más que la angustia y el sudor de las débiles y miserables muchedumbres.