Martin Eden
Martin Eden canta entre el follaje cubierto de rocío;
hoy he enmudecido.
Soy como un pardillo agotado,
y en mi garganta no hay voz;
ya mi tiempo ha concluido.
Todo ha acabado.
Guarda el laúd.
Maria fue incapaz de aguantar más, y corrió a la cocina, donde llenó un cuenco de sopa y le añadió los mejores trozos de carne y verduras que su cucharón rebañó en el fondo de la cazuela. Martin se despertó y se incorporó en la cama, y empezó a comer asegurando a Maria, entre cucharada y cucharada, que ni había hablado en sueños ni tenía fiebre.
Cuando se marchó, Martin se sentó pesaroso en el borde de la cama, con los hombros caídos, mirando a uno y otro lado con ojos mortecinos, incapaz de ver nada hasta que la faja rota de una revista, que había llegado con el correo de la mañana y seguía sin abrir, lanzó un rayo de luz sobre la oscuridad de su cerebro.
«Es The Parthenon —pensó—, el número de agosto; ahí debe de salir “Las cosas efímeras”. ¡Ojalá pudiera verlo Brissenden!».