Martin Eden

Martin Eden

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Y llegó el día en que terminó «La demora». Un empleado de la empresa que le alquilaba la máquina de escribir había ido a buscarla, y esperaba sentado en la cama a que Martin acabara de mecanografiar las últimas páginas del último capítulo. Escribió «FIN» con letras mayúsculas, y pensó que realmente era el final para él. Contempló con alivio cómo se llevaban la máquina, y después se tendió en la cama. Estaba desfallecido de hambre. Llevaba treinta y seis horas sin comer, pero no se acordaba de eso. Yacía boca arriba con los ojos cerrados, sin pensar en nada, mientras poco a poco le invadía el sopor, anestesiando su conciencia. Medio sumido en un delirio, empezó a murmurar en voz alta los versos de un poema anónimo que a Brissenden le gustaba recitar. Maria, que le escuchaba inquieta al otro lado de la puerta, se asustó con la monotonía de su voz. Las palabras en sí no significaban nada para ella, pero sí su modo de decirlas. «Todo ha acabado» era el estribillo del poema.

Todo ha acabado

deja el laúd.

Pronto cesarán mis cánticos

mientras las leves sombras ondean

entre los tréboles violeta.

Todo ha acabado

guarda el laúd.

Ayer canté como el zorzal temprano


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