Martin Eden

Martin Eden

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Martin no se reía, pero tampoco apretaba los dientes con rabia. Aquello le producía una enorme tristeza. Todo su mundo, con el amor en la cúspide, se desmoronaba, así que la indignidad de las publicaciones y de los lectores apenas le impresionaba. La opinión de Brissenden sobre la prensa era cierta, y a él le había costado años de penoso y estéril trabajo descubrirlo. Las revistas eran todo lo que Brissenden decía de ellas, y mucho más. Bueno, él había terminado su relación con ellas, se consoló. Había enganchado su carro a una estrella y había caído en una ciénaga pestilente. Las visiones de Tahití —el limpio y dulce Tahití— cada vez aparecían ante él con más frecuencia. Y allí estaban los atolones de las Tuamotu y las elevadas cumbres de las Marquesas; y a menudo se veía a bordo de goletas mercantes o de pequeños y frágiles cúters, zarpando al amanecer entre los arrecifes de Papeete o iniciando una larga ceñida entre los atolones de perlas rumbo a Nukahiva y la bahía de Taiohae, donde Tamari mataría un cerdo para celebrar su llegada y donde las hijas de Tamari, con flores en el cabello, le cogerían de las manos y, entre canciones y risas, le pondrían una guirnalda alrededor del cuello. Los Mares del Sur le llamaban, y sabía que antes o después respondería a esa llamada.



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