Martin Eden
Martin Eden Su boca habría sido la de un querubín si no hubiera tenido la costumbre de apretar los labios, gruesos y sensuales, contra los dientes cuando estaba nervioso. A veces este gesto endurecía su boca y la volvía incluso ascética. Eran los labios de un luchador y de un amante. Podían deleitarse con los placeres de este mundo, y, al mismo tiempo, dejarlos a un lado y tener el control de su propia vida. El mentón y la mandíbula, poderosos, sugerían cierta agresividad y ayudaban a los labios a tener aquel dominio. La fuerza servía de contrapeso a la sensualidad, y tenía sobre ella un efecto tonificante, empujándole a amar la belleza sana y haciéndole vibrar ante las sensaciones saludables. Y entre los labios se veían unos dientes que nunca habían conocido ni necesitado los cuidados de un dentista. Eran blancos, fuertes y de tamaño intermedio, decidió al mirarlos. Pero algo le intranquilizó. En algún lugar recóndito de su cerebro se escondía el recuerdo, muy vago, de que algunas personas se lavaban los dientes todos los días. Eran personas elegantes, de la misma clase que ella. Ella también debía de lavarse los dientes todos los días. ¿Qué pensaría si supiera que él no se los había lavado en toda su vida? Decidió comprarse un cepillo y adoptar ese hábito. Empezaría en seguida, al día siguiente. El éxito de sus estudios no bastaría para conquistarla. Tendría que reformar todas sus costumbres, incluso lavarse los dientes y llevar cuellos duros, aunque un cuello almidonado supusiera para él renunciar a la libertad.