Martin Eden

Martin Eden

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Volvió a sentarse en la cama con una amarga carcajada, y acabó de quitarse los zapatos. Era un necio; se había emborrachado con el rostro de una mujer y con sus manos blancas y delicadas. Y entonces, súbitamente, apareció una imagen en la sucia pared. Martin se vio delante de una sórdida casa de huéspedes, en el East End londinense. Era de noche y ante él estaba Margey, una muchacha obrera de quince años. La había acompañado a casa después de la fiesta anual de la fábrica. La joven vivía en aquel horrible lugar, que ni siquiera valía para pocilga. Él le tendía la mano para despedirse. Margey le había ofrecido sus labios, pero él no pensaba besarlos. Por alguna razón, tenía miedo de ella. Y entonces la mano de la joven apretó febrilmente la suya. Martin sintió su palma encallecida, y le invadió una oleada de compasión. Vio sus ojos hambrientos e implorantes y su cuerpo desnutrido, arrancado demasiado pronto a la niñez para alcanzar una madurez grotesca y cruel; entonces la abrazó compasivo, y se inclinó para besarla en los labios. Un pequeño grito de alegría resonó en sus oídos, y ella se aferró a él como un gatito. ¡Pobre criatura escuálida! Continuó mirando fijamente aquella escena del pasado. Su cuerpo se estremecía del mismo modo que lo había hecho aquella noche cuando la joven se aferraba a él, y su corazón sentía tanta lástima. Era una imagen gris, gris plomizo, y una llovizna sucia caía sobre el empedrado. Y entonces la pared se iluminó y, desplazando la visión anterior, resplandeció Su pálido semblante bajo una corona de cabellos dorados, tan lejano e inaccesible como una estrella.


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