Martin Eden
Martin Eden Cogió los libros de Browning y de Swinburne de la silla y los besó.
«En cualquier caso, ella me dijo que les visitara de nuevo», pensó.
Volvió a mirarse en el espejo y exclamó en voz alta, con gran solemnidad:
—Martin Eden, lo primero que harás por la mañana será ir a la biblioteca pública y leer algo sobre las normas de etiqueta. ¿Entendido?
Apagó la luz y los muelles crujieron bajo el peso de su cuerpo.
—Pero tienes que olvidar los juramentos, Martin; tienes que olvidar los juramentos —repitió.
Luego se durmió y tuvo sueños que rivalizaban en locura y audacia con los de los comedores de opio.