Martin Eden

Martin Eden

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—No puedo… después de lo ocurrido —dijo ella.

—Oh, vamos —exclamó Martin jovialmente—. Sólo tienes que silbar y vendrá corriendo.

—No hablaba de eso —respondió ella simplemente.

Y él supo a qué se refería.

Lizzie se inclinó hacia él cuando iba a darle las buenas noches. Pero no lo hizo con aire altivo y seductor, sino triste, humildemente. Martin se conmovió. La rodeó con sus brazos y la besó, y comprendió que ella había depositado en sus labios el beso más leal que un hombre podía recibir.

—¡Dios mío! —exclamó Lizzie entre sollozos—. ¡Podría morir por ti! ¡Podría morir por ti!

Se apartó bruscamente y subió corriendo los escalones. Las lágrimas asomaron a los ojos de Martin.

—Martin Eden —se oyó decir—. No eres un bruto, eres un maldito seguidor de Nietszche. Te casarías con ella si pudieras hacerla feliz. Pero no puedes, no puedes. Y ¡es una gran pena!

»Un viejo y mísero vagabundo enseña sus viejas y míseras heridas —murmuró, acordándose de Henley—. Creo que la vida es un disparate y una pena. Sí, un disparate y una pena.


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