Martin Eden
Martin Eden Martin se olvidó de escucharle. La cantinela de «Todo estaba escrito» resonaba en su cerebro y ahogaba la chirriante voz del otro. Aquellas palabras le volvÃan loco, e intentó librarse de ellas.
—¿Cuánto has dicho que costarÃa? —preguntó de pronto.
Su cuñado se detuvo en medio de una perorata sobre las oportunidades comerciales del vecindario. No habÃa dicho cuánto costarÃa. Pero lo sabÃa. Lo habÃa calculado un montón de veces.
—Con el precio que tiene la madera —señaló—, bastarÃan cuatro mil dólares.
—¿Incluyendo el letrero?
—No he pensado en él. Antes habrÃa que construir el edificio…
—¿Y el terreno?
—SerÃan tres mil más.
Se inclinó hacia delante, pasándose la lengua por los labios, abriendo y cerrando nerviosamente los dedos, mientras veÃa a Martin escribir un cheque. Cuando se lo entregó, leyó la cantidad: siete mil dólares.
—No… no puedo permitirme pagar más del seis por ciento —exclamó con voz ronca.
Martin tuvo ganas de echarse a reÃr, pero, en lugar de eso, preguntó:
—¿Cuánto supondrÃa?