Martin Eden

Martin Eden

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—Déjame pensar. Un seis por ciento… seis multiplicado por siete… cuatrocientos veinte.

—Treinta y cinco dólares al mes, ¿no?

Higginbotham asintió.

—Entonces, si no tienes inconveniente, lo acordamos así —Martin miró a Gertrude—. El dinero es tuyo si contratas a alguien por treinta y cinco dólares al mes para cocinar, lavar y fregar. Los siete mil dólares son tuyos si me garantizas que Gertrude no volverá a hacer esos trabajos.

El señor Higginbotham tragó saliva. Que su mujer no volviera a ocuparse de las tareas de la casa era una afrenta para su espíritu ahorrativo. El magnífico regalo era la envoltura de una píldora, de una amarga píldora. ¡Que su mujer no trabajara! Le producía náuseas.

—Está bien —dijo Martin—. Yo pagaré los treinta y cinco dólares mensuales y…

Extendió la mano para coger el cheque. Pero Bernard Higginbotham se adelantó, gritando:

—¡Acepto! ¡Acepto!

Cuando Martin subió al tranvía, se sintió enfermo y muy cansado. Levantó la vista para mirar el desmesurado letrero.

—¡El muy cerdo! —exclamó—. ¡El muy cerdo!


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