Martin Eden

Martin Eden

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—No pasa nada, hermanita —respondió jovialmente—. Mi dinero sabe cuidarse solo. Si no estuvieras tan ocupada, te daría un beso de buenos días.

Deseaba ser cariñoso con su hermana, que era buena y, a su manera, le quería. Pero, de algún modo, con el paso de los años, cada vez era menos ella misma y se comportaba de un modo más extraño. El trabajo duro, los numerosos hijos y las reprimendas del marido, decidió, la habían cambiado. Su fantasía le hizo imaginar que estaba incorporando a su organismo los atributos de las verduras en mal estado, del hediondo jabón de lavar y de las mugrientas monedas de diez, cinco, veinticinco centavos que pasaban por sus manos cuando despachaba en la tienda.

—Vamos, desayuna —dijo ella con brusquedad, aunque complacida en su fuero interno. De todos sus hermanos desperdigados por el mundo, Martin había sido siempre el favorito—. Te daré un beso —añadió, súbitamente conmovida.

Con el índice y el pulgar se quitó la espuma que goteaba por sus brazos. Él abrazó su voluminosa cintura y besó sus labios húmedos de vapor. Las lágrimas que asomaron a los ojos de Gertrude se debían más al agotamiento que a la emoción. Apartó a su hermano de un empujón, pero no antes de que él viera sus ojos humedecidos.


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