Martin Eden

Martin Eden

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Cierto día la señora Morse pasó en coche al lado de Martin, y le sonrió inclinando la cabeza. Él le devolvió la sonrisa y se quitó el sombrero. El incidente no le afectó. Un mes antes le habría indignado, o habría despertado su curiosidad y habría pensado que el saludo se debía a un despiste. Pero ahora no le dedicó ni un segundo pensamiento. Lo olvidó en seguida. Lo olvidó del mismo modo que habría olvidado el edificio del Banco Central o del Ayuntamiento después de pasar por delante. Sin embargo, su imaginación estaba prodigiosamente activa. Sus ideas daban vueltas y más vueltas en círculo. El centro de ese círculo era «todo estaba escrito»: le corroía el cerebro como un gusano inmortal. Se lo encontraba al despertarse por las mañanas. Atormentaba sus sueños nocturnos. Todo cuanto captaba a través de los sentidos se enfrentaba inmediatamente al «todo estaba escrito». Avanzaba por el camino de la lógica implacable hasta llegar a la conclusión de que no era nadie, nada. Mart Eden, el maleante, y Mart Eden, el marinero, habían sido reales, habían sido él; pero Martin Eden, el famoso escritor, no existía. Martin Eden, el famoso escritor, no era más que humo surgido en el cerebro de la multitud, que había elegido el ser corpóreo de Mart Eden, el maleante y el marinero, para encarnarlo. Pero no podían engañarle. Él no era aquel mito solar al que la muchedumbre adoraba y ofrecía cenas sacrificiales. Él sabía lo que era.


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