Martin Eden
Martin Eden Martin entró en la cocina con el corazón encogido; la figura desaliñada y el rostro enrojecido de su hermana corroían su cerebro como un ácido. Sería cariñosa con él si tuviera un poco de tiempo, pensó. Pero trabajaba como una mula. Bernard Higginbotham era un bruto por obligarla a trabajar tanto. Pero no podía evitar sentir, por otro lado, que no había habido nada hermoso en aquel beso. Es cierto que había sido un beso muy poco corriente. Durante años Gertrude sólo le había besado cuando empezaba o terminaba un viaje. Pero aquel beso sabía a jabón, y él había advertido la flacidez de sus labios. No había existido esa presión rápida y vigorosa que debe acompañar a un beso. Era el beso de una mujer cansada que llevaba tanto tiempo exhausta que había olvidado besar. La recordó de niña, antes de su matrimonio, cuando bailaba toda la noche después de un duro día de trabajo, sin que pareciera importarle tener que volver a la lavandería al día siguiente. Y entonces pensó en Ruth y en la frescura y el dulzor que debía de residir en sus labios y en todo su ser. Su beso sería como su apretón de manos o su mirada, firme y sincero. Tuvo la osadía de imaginar sus labios sobre los de él, y lo hizo de manera tan vívida que se mareó y creyó flotar entre unas nubes de pétalos de rosas, que llenaban de perfume su cerebro.